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sábado, 15 de julio de 2017

John Coltrane: El saxofonista que se entregó a Dios

Cambió el modo de tocar el instrumento. Cayó en el alcohol y las drogas, pero su espíritu religioso lo salvó.

por César Pradines




Se cumplen 50 años de la muerte de John William Coltrane (1926-1967), un artista extraordinario que revolucionó el mundo del jazz y ejerció una influencia arrolladora sobre la escena musical de los años sesenta. Un saxofonista y compositor que convirtió su música en una experiencia sublime y de una belleza, por momentos, perturbadora. Su obra podría definirse por las tres E: entusiasmo, elevación y elegancia. Como pocos músicos terminó disfrutando de un generalizado consenso acerca de su estatura creativa y su vanguardismo que lo situaron en el panteón de los grandes junto con Louis Armstrong, Duke Ellington y Charlie Parker.

Dirigió una revolución sin proponérselo. Era un hombre de espíritu apacible que buscó de manera incansable ser digno de Dios a través de su música. Su obra tiene dos etapas, en la segunda, a partir de 1960 como líder de su Classic Quartet y con más de 20 discos en sólo siete años se convirtió en guía innovador como instrumentista y compositor. En efecto, a lo largo de los años sesentas la figura de Coltrane creció como artista pero también como ejemplo de una espiritualidad pluralista, sin religión, aunque sus lecturas inducen a pensar que abrazó el hinduismo. Su fe no le dio la espalda a su gente y en los calientes años sesentas, en que los movimientos por los derechos civiles de la comunidad negra se expandieron, asistió a los mitines de Malcom X y de Martin Luther King. Coltrane fue un hombre consustanciado con su comunidad y rechazó el racismo imperante en los Estados Unidos.

La repatriación musical de una obra que marcó a los jóvenes de ayer

El líder del Cuarteto Cedrón, grupo clave de la vanguardia tanguera, es el eje de una muestra en el Teatro El Popular, donde tocará hoy, a las 20, sus canciones sobre poemas de Tuñón, Cortázar, Manzi y Gelman

Por Gabriel Plaza


El Tata Cedrón tiene una mirada en estado de alerta. Sus ojos abiertos y expresivos -acentuados por las abultadas cejas arqueadas y ese peinado raya al medio que recuerda a Roberto Arlt- le dan una actitud de niño rebelde, como si recién estuviera descubriendo la vida. "Contempla el mundo" es la frase aprendida de Francis Bacon que le escuchó decir al poeta Raúl González Tuñón y que el Tata repite como si fuera un mantra personal.

A los 78 años, este cantor, músico y compositor icónico, creador del legendario Cuarteto Cedrón, se sitúa en un espacio atemporal donde pasado, presente y futuro, transcurren con la misma fuerza. Sobre una mesa está la discografía completa del Cuarteto Cedrón, que se acaba de reeditar de forma integral en nuestro país por Alfiz Discos y que termina de completar un acto de justicia sobre una de las obras clave de la vanguardia musical porteña del siglo XX. "Para mí hay un hito que ha sido la ausencia -afirma el Tata Cedrón-. Yo me fui en el 74. Volví a vivir en Buenos Aires en 2004. Eso hace que haya muchos músicos argentinos a los que no escuché, de todo género. Y también a la inversa, hay muchos músicos que no escucharon al cuarteto". Es un tiempo de retrospectiva y celebración para el grupo surgido en 1964 -cuyos miembros iniciales fueron Tata Cedrón (guitarra y voz), Miguel Praino (violín en sus inicios y luego viola), César Stroscio (bandoneón) y Jorge Sarraute (contrabajo)- que ahora es el centro de una muestra en el Teatro Polular (Chile 2080), donde se exhiben afiches, discos de vinilo originales, partituras, fotografías, videos, objetos y libros vinculados a la obra musicalizada del Tata Cedrón y su clan familiar.

"Todo el tiempo sigo inventando cosas. En dos años hice cinco o seis espectáculos y grabamos dos discos Para nuestros hijos y Velay. Ahora estamos haciendo el espectáculo La repatriación del cuarteto (hoy, a las 20, es la última función) con los músicos que tocan conmigo: Daniel Frascoli, Miguelito Lopez, Miguel Praino y Josefina García. Hacemos cosas del Cuarteto Cedrón y ellos tocan por otro lado sus cosas. Es como si tirara una piedrita en el agua y se formaran aureolas, son como las aureolas del Cuarteto Cedrón. Es la gente que sale del cuarteto...".

-También está la gente de la nueva generación que te sigue.

-Sí, están Acho Estol, Lidia Borda. Un montón de gente joven.

Desde que en 1964 lanzó al mundo Madrugada, un disco de canciones basado en los poemas de Juan Gelman, al cantor lo sigue la gente joven. Su música abrió un sendero nuevo en el sonido urbano de la época, que preanunciaba un tiempo oscuro y disonante en el país -exilios, desapariciones, dictadura- con una estética que se completaba con el registro grave de la voz del Tata.

"Siempre me interesó la canción social. Yo vengo de antes. Escuchaba Rivero y Gardel. En general había un sonido grave. Yupanqui tenía esa voz aterciopelada, pero no grita. No teníamos las melodías que ahora tienen los chicos. En el campo escuchaba mucho a Osiris Castillo y la milonga, también grave. Los payadores no gritan. Todo eso va formando una voz. Uno tiene esas referencias. Agarrás Gardel donde recita: «Cotorro al gris. Una mina ya sin chance por lo vieja que sorprende a su garabo en el trance de partir» y hablás de esa manera. La canción te va dando una manera de decir. Te pone el dial ahí. «Ya no habemos más guapos viejo, todo acabó». Eso se dice abajo, en un tono grave, no se puede decir agudo. Y yo me di cuenta de eso para cantar".

El Cuarteto Cedrón caminó por la orilla del tango, abriéndose camino entre el mundo literario y poético de escritores como Raúl GonzálezTuñón, Roberto Arlt, Julio Cortázar y Borges, y vinculándose con el lunfardo de Carlos de la Púa, Celedonio Flores, Enrique Cadícamo y poetas como Homero Manzi. "Conocí a los pesados de entrada nomás. Lo que hice en Madrugada con Juan Gelmán eran poemas inéditos para la época. Después hice cosas con Paco Urondo y Uasi, que pisaban fuerte en ese tiempo. También estuve con Cortázar, Paco Ibáñez y Leo Ferré", enumera con naturalidad, mate en mano, custodiado por una biblioteca que guarda la memoria de un país literario que pasa por Ricardo Piglia (su amigo de la adolescencia en Mar del Plata), Julio Cortázar (su compañero de exilio en París), La crencha engrasada de Carlos de la Púa y el poeta pampeano Buztriazo Ortiz, con el que está trabajando un futuro disco que graba en su casa del barrio Agronomía. "Tengo una buena acústica en el pasillo de entrada. Cuando pasa un auto paramos", desliza.

El Tata Cedrón es un producto cultural de una época y una generación. En su rostro y en su voz está tallada a fuego esa memoria. "Nací en el 39 y en el 55, cuando cae Perón, se termina un período de la canción popular. Tenías a Pugliese, Di Sarli, D'Agostino, D'Arienzo, Los Chalchaleros, Eduardo Falú, La Tropilla de Huachi Pampa. Tenías a Castagnino, Berni, Alonso. En teatro tenías a Dragún, Germán Rozenmacher. Por esa época ya tocaba en la guitarra tangos y folklore. Me había formado con Manolo Rego en un coro y había tocando en un conjunto folklórico. Cuando salí de la colimba mi hermano Alberto me dijo que lo vaya a ver a Juan Gelman. El me dio un libro y me dijo: «hacé canción si querés»", recuerda ahora como un flash.

 Ese encuentro marcó un antes y un después en su vida artística. El cantante saca de los estantes el libro Velorio del solo, con una dedicatoria de noviembre del 62: "Al Tata, con un cordial saludo. Juan Gelman"."¿Ves la tapa, está gastada? ¡De ahí saqué "Madrugada". Me gustó ese poema. Empecé a cantar las palabras y de a poco aprendí a ponerle música a las poesías. Es como cuando te tirás a la pileta y vas estilo perrito, pero llegás a la orilla; a la segunda vez llegás mejor y con el tiempo cruzás tranquilo. Con la canción pasa igual. Si agarrás un poema, vas inventando la melodía mientras lees el poema. Empecé así. Eso me ayudó a romper la estructura de la canción tradicional".

De entrada, el Tata Cedrón tuvo una conexión más fuerte con el mundo literario que con el ambiente tanguero. Eso definió su huella. "A los 11 años mi viejo se fue al campo en Camet y nos criamos entre chanchos, vacas, la gente del campo y el arado. No tenía zapatos. Andábamos en alpargatas. No iba a los bailes. Ese mundo del barrio, Buenos Aires y la milonga yo no lo viví. Y ya no estaba más cuando vine para acá en el 62. Cuando me agarró el gustito con la poesía empecé por ahí. Yo no era amigo de Cadícamo ni de Cátulo Castillo, no iba a bares como el Café de los Angelitos. Yo vivía en La Boca rodeado de pintores", relata.

En el taller de su hermano mayor, Alberto, descubrió un espacio donde circulaba un material que fue como un tesoro para alguien de su edad. "Mi hermano era un culto atorrante. Por su taller de la calle Garibaldi pasaban todos, pintores y teóricos que me tiraron mucha data. Yo me agarré más de los escritores porque me parecían extraordinarios. Era otra veta. Todo lo de Tuñón, por ejemplo: «Los ladrones usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas y sino no...». Como literatura es bárbara. No es simpático o folklórico. Yo cantaba eso a los 22 años, rodeado de tipos como Miguel Briante, Juan Carlos Portantiero (que terminó haciendo los discursos a Alfonsín) y el dibujante Osky.

Una Violeta llamada Chile en un país llamado Parra

Un recuerdo de la cantautora en su centenario, que La Mar de Músicas conmemora este domingo con un concierto

Rafael Gumucio


"No me lo hace a mí, se lo hace a Chile”, solía decirle Violeta Parra, nacida hace 100 años en San Carlos (región del Bío Bío), a toda suerte de funcionarios diplomáticos cuando le negaban subvenciones y apoyo. Estaba convencida de modo innegable que Chile era ella, y ella era Chile. A la luz de su posteridad, es imposible negar que Violeta Parra es Chile y Chile es en gran parte su creación, la idea de una cierta tristeza que ríe, de una cierta pasión que baila, de una cierta pobreza que no rechaza darse ningún lujo.

Folcloristas, rockeros, raperos, poperos, pero también escritores, pintores, arquitectos, filósofos y bailarines buscan en la obra siempre inconclusa, siempre debutante, de Violeta una raíz a la que asirse. La nueva canción chilena, pero también la Nueva Trova cubana, la obra de Mercedes Sosa, Paco Ibáñez o Joaquín Sabina no se entienden sin Violeta. Una obra que crece y se complica en la medida en que se encuentran nuevos tapices, cuadros, grabaciones, cartas y manuscritos que dan cuenta de su manía de convertir todo en personal, todo en único, evitando siempre el prestigio de los profesionales, siendo en todo siempre una debutante que consigue la obra maestra en el primer ensayo.

Su fuerza nace quizás de su capacidad de contagio. Así lo cuenta en sus décimas, el relato de su vida en versos de ocho silabas, que su hermano mayor, su hermano-padre como lo llamaba ella, el antipoeta Nicanor Parra, le encargó escribir. Ahí cuenta cómo el sarampión que trajo de Santiago viajó con ella en tren al sur de Chile, matando animales y hombres. El secreto placer con que cuenta las muertes que su sobrevivencia costó es quizás una de las claves de su magia. Una magia en cierta medida negra.

Violeta, que murió no en vano en las tierras de La Quintrala, una terrateniente colonial famosa por azotar a sus hombres. La Violeta que encarna la madre pero también el padre de todo chileno. La Violenta Parra, como la llamaba su hermano Nicanor, que no se hizo nunca la dulce, o la frágil, pero que no dejaba nunca, sin embargo, de seducir. Porque no es fácil escuchar sin una mezcla de rabia y de emoción la voz quebrada y metálica de Violeta, que rechaza toda melancolía, toda nostalgia, pero no le tiene miedo casi nunca a la muerte, al dolor, a la pobreza, a la rabia. Una voz que “lleva 40 años sufriendo”, como dice ella para explicar por qué ella y solo ella puede cantar su ballet atonal El gavilán.

lunes, 10 de julio de 2017

BBK LIVE EN BILBAO | Brian Wilson sigue de gira a los 75 años: un encuentro con la historia

El cierre del BBK Live, en Bilbao, ofreció como plato más emotivo la posibilidad de ver al histórico líder de los Beach Boys, haciendo en vivo Pet Sounds, la obra cumbre del rock, que hace 50 años iniciaba la psicodelia, marcando el rumbo incluso para el Sgt Peppers de los Beatles

por César Litvak





Lo nuevo y lo viejo. O mejor, lo nuevo y lo clásico… Madrugada de domingo ya en el monte Kobeta (el kobetamendi), en Bilbao. La lluvia no permite disfrutar a full a Primal Scream en el escenario Heineken del BBK Live –acá arriba está más que fresco-, y hace un rato los irlandeses (del norte) Two Door Cinema Club ofrecían un compilado de sus tres discos como una muestra de alta calidad en la escena más novedosa del indie pop. Temas fáciles de asimilar como Cigarrettes in the teather, Undercover Martyn, Do you want it all y Bad decisions provocan fiesta instantánea.

En contraposición, el cierre del festival ofrece una cita con la historia: Brian Wilson, el mítico líder de los Beach Boys, aún gira por Europa celebrando el 50° aniversario de “Pet Sounds”, obra cumbre del rock, piedra angular de la psicodelia, una fija en cualquier top ten de los rankings tipo Los mejores discos de… Breve flashback histórico. Año 1966, gran cosecha para la historia del rock: Dylan culmina su trilogía eléctrica (iniciada en el 65 con “Bringing It All Back Home” y “Highway 61 Revisited”) con el mercurial “Blonde on Blonde”. Los Beatles toman cada vez más posesión de los estudios Abbey Road y editan “Revolver”. Y desde California, Wilson y los Beach Boys marcan el surco inicial de la psicodelia con esa caja musical que es “Pet Sounds”, pura alquimia experimental. Para dimensionarlo estética y cualitativamente, bastará repetir lo que Paul McCartney siempre admitió: “’Sgt. Pepper’s’ se me ocurrió después de escuchar ‘Pet Sounds’”.

Así que aquí estamos, son las 20.30 en el monte, plena luz aún (horario veraniego mediante, por esta época en España el día recién se evapora hacia las nueve y media) y ese señor de andar reposado, que avanza cansino hacia el teclado Yamaha acompañado por un asistente –camisa rosa, pelo canoso engominado- es Brian Wilson. Parece un abuelo. Lo es. A sus 75 años no debe haber nadie tan grande en Kobetamendi: ni por edad, ni por grandeza. “Gabon, Bilbao”, saluda.

domingo, 9 de julio de 2017

Murió Melvyn "Deacon" Jones, El bluesman del Hammond

Murió en Los Angeles, a los 73; tocó con Freddie King, John Lee Hooker y actuó en Buenos Aires con Pappo y Miguel Botafogo


Un buen amigo del blues local abandonó la escena. Ayer, a los 73 años, murió en Los Angeles el organista Deacon Jones, un músico que actuó en Buenos Aires con Pappo y con Miguel Botafogo, y que incluso tocó en el Homenaje a Pappo que se hizo en Cosquín Rock, en 2006. Un músico que se convirtió en el mensajero del blues, un verdadero enamorado del género que dedicó sus últimos años ha difundirlo en diferentes países.

Jones actuó por primera vez en Buenos Aires en 1994 en un concierto con Pappo's Blues, en Obras Sanitarias, donde también conoció a Botafogo. Un año antes, Pappo lo había llamado para una serie de presentaciones en los Estados Unidos y se habían entendido de manera excelente en el escenario. “Pappo era un real músico de blues, por cómo tocaba y por cómo pensaba”, dijo Jones durante su primera conferencia de prensa en Buenos Aires poco antes del concierto.

Deacon fue sin duda el organista del blues. Llamado también el “Maestro del Hammond”, desarrolló una expresividad muy particular y que muchos de los artistas de la primera línea del blues disfrutaron en sus bandas. Muy influido por el legendario organista de jazz Jimmy Smith (su disco The Sermon fue revelador”, decía) formó con poco menos de 20 años Baby Huey and The Babysitters, un grupo de soul, con un excelente cantante y un disco, The Living Legend, que tuvo las mejores críticas; luego pasó a tocar con Curtis Mayfield con quien desarrolló una apertura estilística y desde allí se fue deslizándose hacia el blues.

En 1972, Deacon Jones ingresó en la banda de Freddie King, uno los mayores guitarristas de blues, agresivo y de un superlativo feeling típico de los guitarristas texanos. Con él tocó hasta la muerte de King, a raíz de un infarto, en diciembre de 1976. Entre risas, lo recordaba cuando les decía a sus músicos: “Somos una banda negra y los controles de carretera entre estados son pesados… no lleven sustancias, que las compramos cuando llegamos”.


lunes, 3 de julio de 2017

Astor Piazzolla | A 25 años de su muerte: Lágrima de bandoneón

Su obra revolucionó y enriqueció el tango, y ejerció una fuerte influencia en las nuevas generaciones. Astor Piazzolla creó su propio sonido, y marcó un punto de inflexión en el género 

por Eduardo Slusarczuk



«Todo le costó mucho a Piazzolla; hasta morir», escribió Natalio Gorín en Astor Piazzolla - A manera de memorias. Y no mentía ni un poco, en su manera de sintetizar los 23 meses previos a la medianoche del 4 de julio de 1992, cuando finalmente murió, a los 71 años, en su Buenos Aires querida. Casi siempre querida.

Atrás quedaban, definitivamente, su nacimiento en Mar del Plata, su infancia en Nueva York, su rol de canillita en El día que me quieras y sus dos años en la orquesta de Carlos Gardel. También sus estudios con Alberto Ginastera, con quien estudió armonía, contrapunto, fuga y composición, y con Nadia Boulanger, quien según cuenta la historia oficial, le recomendó no abandonar jamás el tango. “Esta es su música”, se dice que le dijo. Y allí fue él, a hacer ‘su música’.

Por entonces, los ‘50 cruzaban su mitad, su matrimonio con Dedé Wolf le había dado dos hijos -Diana y Daniel-, y su paso por la orquesta de Aníbal Troilo, una década antes, lo había acreditado como un inspirado arreglador. “De las mil notas que escribía, él me borraba setecientas”, cuenta Gorín que protestaba Piazzolla, quien sin embargo siempre tuvo buenas palabras para Pichuco;y compuso una Suite Troileana en su honor.

Su sociedad con Francisco Fiorentino lo puso en una especie de mano a mano con Horacio Salgán y Osmar Maderna en eso de darle una vuelta de tuerca al género. “Era lindo. Era una carrera por superarnos”, lo citan Diego Fischerman y Abel Gilbert en su libro Piazzolla el mal entendido. Mientras, enriquecía su repertorio: Se armó, Se fue sin decirme adiós, Pigmalión, El desbande.

El regreso de Astor de Europa coincidió con el final de lo que él mismo definió como “la mejor época del tango”. “Se fue Perón y se fue el tango”, le dijo en 1984 a Tiempo Argentino. ¿Y Piazzolla qué es? “Yo soy Buenos Aires al mango”, decía el músico, que volvió con la memoria del octeto de Gerry Mulligan a flor de piel. “Bajé del barco con una carga de dinamita en cada mano”, cuentan Fischerman y Gilbert que le dijo a su hija Diana.

Esta vez, el que no mintió fue Astor. Con su Octeto Buenos Aires pateó el tablero y atacó. “Parecíamos salidos del ERP... ¡ocho guerrilleros subidos al escenario! Cada uno, en lugar de un instrumento, parecía que tenía una bazuka”, dijo en alguna entrevista, cuando ya hacía tiempo que venía intercambiando munición gruesa con sus detractores.

De las piñas en los conciertos del Octeto a su intento de hacer jazz-tango, con su Quinteto Yei-Te en los Estados Unidos, y de ahí nuevamente a Buenos Aires, con la muerte de su padre, Vicente, clavada en su corazón, Adiós Nonino entre sus partituras, y en el horizonte su Quinteto Nuevo Tango, que marcó a fuego lo que vendría.

“Soy Astor Piazzolla, nací en la Argentina, me crié en Buenos Aires, y mis padres son de Trani, Italia”, se presenta el músico en el excepcional The Central Park Concert grabado en septiembre de 1987 con su quinteto de entonces. Y ahí, como sello de esa identidad que el bandoneonista expone en su speech, aparecen de aquella cosecha sesentista Verano Porteño, Milonga del Angel, Muerte del Angel y Adiós Nonino, que en cierta medida resumen el concepto rítmico, armónico y melódico que lo enfrentó con buena parte de la fundamentalistas de la tradición tanguera.

En contraste con su encuentro con Edmundo Rivero en El tango, con letras de Jorge Luis Borges, y mientras sumaba títulos a su lista de bandas sonoras, el surrealismo tuvo su expresión tanguera en la sociedad que Piazzolla firmó con Horacio Ferrer. De esa usina creativa salieron Balada para un loco, Balada para mi muerte, La bicicleta blanca, y la operita María de Buenos Aires, que además dató el inicio de la relación de Astor con Amelita Baltar.

El Conjunto 9, el Electrónico, su colaboración con Gerry Mulligan; los primeros ‘70 lo encuentran en Italia, con un infarto a cuesta y una búsqueda que descarta la electrónica y lo reencuentra con el quinteto. “El sonido ideal, el más porteño”, sentenciaría más adelante, ya de nuevo en nuestro país, y casado con Laura Escalada. Del mismo modo que pocos años antes había advertido: “Cuando habían empezado a entender el quinteto, hago esto que lo van a comprender muy pocos y después, cuando lleguen a entender el noneto haré otra cosa”.

¿Y el tango? Del rechazo y las críticas de los ‘60, pasando por cierta apatía en los ‘70, en los ‘80 el género le iba dando a Piazzolla un espacio de cada vez mayor relevancia. “Los mismos tangueros, después de luchar contra Piazzolla, se han dado cuenta de que Piazzolla tiene razón. La única diferencia ente ellos y yo es que yo toco bien, y ellos cada vez peor”, decía en 1984 el bandoneonista, que de paso, disparaba contra los rockeros: ”Creo que estoy por lo menos 20 años adelantado sobre lo que piensan los que hacen música en Buenos Aires. Resuena allá eso que llaman rock nacional, que no es nada. Hay que esperar a que se muera tan rápidamente como nació”. Ycontra el peronismo. “Nosotros, en la jerga musical, cuando hay un acorde feo, lo llamamos ‘acorde peronista’”, decía, dueño de un humor ácido que disfrutaron y ‘padecieron’ sus compañeros de la música y de la vida.

Mientras, paseaba su impronta en el Colón y en su cabeza se cocinaba una serie de grabaciones imprescindibles para entender de que se habla cuando se habla de Astor Piazzolla: Tango: Zero Hour, Tristezas de un Doble A, The New Tango (con Gary Burton), La camorra y Tres minutos con la realidad, grabado con el Sexteto Nuevo Tango, en el porteño Club Italiano, en 1989.

En agosto del año siguiente, en París, sufrió una trombosis cerebral de la cual ya nunca se recuperaría. Para entonces, discutir la música de Astor hacía rato que atrasaba. El, en cambio, sigue marcando agenda.

sábado, 17 de octubre de 2015

Entrevista a Hernán Spalleta de Vinilo

Hernán Spalleta: «Nuestra intención es transmitir un concepto, su desarrollo y su transmutación». Yamila Finochietti de Hora 25 Cultural, sostuvo el siguiente diálogo con el guitarrista y vocalista de Vinilo para su columna «Vamos las Bandas».






Por Yamila Finochietti | Para Hora 25 Cultural
Vinilo es una banda de rock de Ranelagh, provincia de Buenos Aires, integrada por Hernán Spalletta: guitarra y voz; Leo Calomino: batería y voz; Mariano Fernández: bajo y voz; Martín Di Rocco: guitarra y voz; Ricardo Verdirame: guitarra y voz. Su estilo se caracteriza por los arreglos musicales y la participación de las voces de la totalidad de sus integrantes. Cada uno aporta su personalidad y expresividad creando así lo que no es frecuente hoy en día, despegándose asi de los formatos tradicionales de quinteto de rock actuales. Ricardo Verdirame es uno de los que impulsó la idea de llevar adelante a Vinilo. Ricardo tiene una amplia experiencia como guitarrista, compositor, cantante y productor. Ha participado en bandas de artistas consagrados como Fito Páez (grabación y gira del álbum Tercer Mundo) e Illya Kuryaki and the Valderramas, con quienes tocó y grabo desde 1995 hasta 2000, recorriendo escenarios de todo el mundo y compartiendo shows con artistas como Marilyn Manson, Cyperss Hill, U2, Jamiroquai, Fishbone, y muchos otros. Tiene también una carrera como productor discográfico con más de 25 álbumes producidos, entre ellos el disco debut de Actitud María Marta, para Universal Records. Hernán Spalletta es otro de los pujantes miembros de Vinilo. Además de ser músico de sesión y parte fundadora de la banda, lleva adelante el programa «Sala de Ensayo», emitido por Telecentro y Cablevisión; sus contenidos dan el espacio a notas con bandas consagradas y en crecimiento de la zona y del resto de Capital Federal y Gran Buenos Aires, documentales y coberturas en vivo de shows destacados. Este programa les permite estar en constante contacto con lo que pasa en la escena de la música nacional. A principios de 2014, Vinilo estrenó un EP «SuperUltra», que forma parte de lo que será el primer larga duración de la banda. 





Hernán, contanos sobre los orígenes de la banda. ¿Por qué el nombre de Vinilo? ¿De dónde surge? 

Vinilo surge de un interés artístico en común de 5 amigos, con diferentes trayectorias, y el nombre en un principio tenía que ver con la formación musical que provenía mayormente de discos en ese soporte.


¿Cómo definirían el tipo de música hacen? 

Nosotros hacemos rock, pero dentro de ese amplio paraguas en que se convirtió el Rock, que con unos límites tan ampliados permite mezclar casi cualquier variedad de estilos, incorporamos sonidos e influencias que vienen de todo lo que nosotros escuchamos.

¿Qué influencias (musicales o no) tiene cada uno y cómo influyen en su música?

Nuestras influencias musicales en común son The Beatles, Prince, Queen, Stevie Wonder y muchísimos otros, pero también nuestros intereses están en otras ramas del arte, como el cine y la literatura.




Teniendo en cuenta que sus influencias reconocen raíces diversas y extra musicales porque provienen de otros ámbitos del quehacer artístico, ¿Qué buscan transmitir con su música?

Nuestra intención es transmitir un concepto, su desarrollo y su transmutación.

¿Cómo es el proceso de composición de un tema hasta que se convierte en el corte o pista de un disco? ¿Cómo componen sus temas?

En general dos de nosotros (Hernán Spalletta y Ricardo Verdirame) somos los que componemos, y el tratamiento que le damos a esas composiciones tiene que ver con la forma de trabajo de la música orquestal, en el sentido de que cada parte esta puesta por alguna razón, y no trabajamos tanto con la improvisación.

¿Cuántos discos han grabado? ¿Cuál es el último? ¿Cómo producen y distribuyen sus discos, es decir, cómo pueden nuestros lectores acceder a su música?

Hace poco tiempo lanzamos un EP, Superultra, impulsado por la necesidad de tener un material físico para que llegue a los puntos de difusión, fue producido íntegramente por nosotros en nuestro estudio. Todas esas canciones están colgadas en vinilo.bandcamp.com.

¿Cómo se manejan con las redes sociales para difundir su música, sus conciertos u otra información sobre la banda?

Le damos la importancia que se merecen y con esto me refiero a que utilizamos la herramienta pero no descuidamos otros flancos. 

¿Qué están proyectando de nuevo?

En este momento estamos tocando muchísimo, y armando nuevos temas, seguramente haremos una gira por la costa en el verano y tal vez una presentación en un teatro.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Cecilia Amenábar rompe el silencio

«Gustavo tuvo una vida muy rápida y una muerte lenta». El lunes 4 de mayo de 2015 se cumplieron ocho meses de la partida de Gustavo Cerati y en esa ocasión Cecilia Amenábar, su ex mujer y madre de Benito (21) y Lisa (19), los únicos hijos del cantante, dio una entrevista a la revista chilena Glamorama. En ocasión de cumplirse el primer aniversario del fallecimiento del músico argentino, es interesante rescatar esta entrevista donde Cecilia Amenábar cuenta, por primera vez, cómo es su vida y la de sus hijos sin Cerati.



por Carlos Zúñiga


Fue la noche del miércoles cuando, tras animar el evento del Distrito del Lujo del Parque Arauco con su música de connotada DJ, Aménabar habló como nunca de este luto “que ha sido súper duro, todavía no lo tengo cerrado”.

La historia de la guapa ex modelo chilena y el ídolo del rock argentino llenó revistas, diarios y la mitología musical latina en los ’90. Se conocieron cuando ella, una fan más, logró entrar a una conferencia de prensa siendo sólo una escolar. Años después se terminaron casando y formando una familia. Tras el fin de Soda Stereo, Cerati se traslado a Santiago por un tiempo. Se separaron en 2002.

En 2010 el cantante cayó en coma tras un accidente cerebrovascular. Finalmente murió en Buenos Aires, en septiembre pasado. Su ex esposa, Benito y Lisa mantuvieron un silencio mediático casi estricto. Reservaron el luto en un cerrado ambiente familiar, sólo expresando las gracias a los fans en las redes sociales. Pero aquí, Amenábar habla sobre el proceso que ha vivido con sus hijos; cómo es la relación con Zeta Bosio, Charly Alberti y Lilian Clark, la madre de Cerati. Y explica cómo el adorado artista sigue igual de presente en sus vidas.


 
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