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domingo, 16 de julio de 2017

La mirada interior de Iturbide

Perfil de Graciela Iturbide, una de las grandes fotógrafas mexicanas de todos los tiempos y artista fundamental de las últimas décadas.

Por Diego Rabasa / Fotografía Graciela Iturbide / Retratos: Santiago Arau y Omar Zepeda


En el panteón de Dolores, Hidalgo, una familia compuesta por cuatro niñas, dos mujeres y un hombre transporta el ataúd que contiene a un “angelito” (un niño muerto ataviado como tal). Graciela Iturbide les pide permiso para fotografiar su procesión rumbo al entierro. Desde la muerte de su hija Claudia, cuando ésta apenas tenía seis años de edad, Iturbide se dedicó a perseguir con su cámara este tipo de escenas: cadáveres de niños vestidos con ropajes blancos al interior de un ataúd. Era una repetición compulsiva y lúgubre del impulso de muerte que la tenía encadenada. Camino al sepulcro una figura se interpuso en el trayecto: un cadáver “a medio camino”, dice Iturbide, les impuso un alto. El hombre “a medio camino” era en realidad una osamenta cubierta de polvo en una postura imposible para un ser vivo; aún conservaba sus pantalones de mezclilla y unos zapatos negros.

“En ese momento sentí que la muerte me estaba diciendo: ‘Ya basta, Graciela. Suficiente’”, recuerda la fotógrafa, que finca en ese instante el momento en el que concluye una obsesión que la aquejó durante años tras su pérdida. Los símbolos —la muerte, las máscaras, los velos, las aves— son el abecedario con el que Iturbide teje la gramática de su vida y obra. Este heraldo del inframundo llegó para anunciarle que el duelo, ese instante de dolor detenido, entraba en una nueva fase y ella podía seguir adelante.

Graciela Iturbide nació en 1942 —año en el que murió Tina Modotti—, la mayor de una familia de trece hermanos. Hija de dos padres católicos y conservadores, vivió recluida en un internado del Sagrado Corazón durante su adolescencia. “Ahí —dice Iturbide— aprendí mucho acerca de la soledad.” Devoró libros del Siglo de Oro y cultivó lo que según el filósofo Miguel Morey quizá sea el conocimiento más importante de todos: saber acompañarse. Recién salida del internado, apenas a los veinte años de edad contrajo matrimonio y pronto tuvo tres hijos: Manuel, Claudia y Mauricio. De espíritu bravo, Iturbide nunca se resignó al lugar que su época deparaba para la mujer. Su cabeza, infectada por el virus de la curiosidad, buscó pronto una emancipación de las cadenas de un país radicalmente conservador. Tres documentos que Graciela conserva muestran el vuelco fascinante que le dio a su vida: un telegrama del Papa que da cuenta de su matrimonio por la iglesia con Manuel Rocha, un carnet del Partido Comunista revela su proceso de liberación, y el primer premio que recibió en Francia por su obra fotográfica, el derrotero de una vida consagrada a la fotografía.

¿Cómo te llevabas con tu padre?, indago. “Supongo que bien, aunque pronto se percató de que entre sus filas había una oveja descarriada. Me decía ‘No vengas a meter aquí malas ideas’. Especialmente cuando me vinculé al Partido Comunista. Ayudaba y escondía guerrilleros, ya sabes”, me cuenta entre risas. “Eventualmente hasta me dieron una tarjeta del Partido Comunista, que por cierto nunca pedí. Me la dio Arnoldo Martínez Verdugo, a quien quise mucho y que era el secretario general del partido, porque lo escondí tres días en mi casa. De mí no sospechaban porque era una niña burguesa. Y yo le dije ‘Pero por qué me dan el carnet, ¿que tal que soy una espía?’. Además, yo iba a las clases de marxismo y no entendía nada”, rememora divertida la primera fotógrafa mexicana en recibir el Premio Internacional de la Fundación Hasselblad, en Suecia, en el 2008.

El señor de los pájaros en Nayarit (1984).

Aunque en un comienzo Graciela quería ser escritora, fue la radio, un instrumento que acompañó a la cámara fotográfica como vehículo de expresión de las primeras vanguardias posrevolucionarias de México, la que le trazó el camino a seguir: escuchó un promocional del CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos) anunciando a los aspirantes de la escuela de cine que el primer ejercicio para los alumnos sería realizar un cortometraje con un pañuelo. “Yo ya me imaginaba con mi pañuelo volando por las calles, ya tenía hasta mi guión. Apliqué y me aceptaron.”

No era el cine lo que la esperaba en dicha escuela, sino la vuelta de tuerca definitiva de su vida: su maestro Manuel Álvarez Bravo. Pronto, el demiurgo de la fotografía mexicana la invitó a ser su asistente: “Él estaba haciendo, para la Editorial de la Plástica Mexicana, un libro sobre conventos. Y fuimos a un convento divino pintado por indígenas”, y se trazó desde ese momento una complicidad que jamás se disolvió.

Entre los muchos aprendizajes de Manuel Álvarez Bravo que Iturbide hizo suyos, recuerda que pasaba las horas contemplando con él: “Cómo hay que tener el tiempo necesario para uno”. Sobre la pared más visible de su laboratorio, Álvarez Bravo tenía colgado un letrero que decía “Hay tiempo, hay tiempo”. Iturbide recuerda cómo éste salía y ponía su cámara en espera de que llegara el momento, de que aconteciera ese algo que ameritara un clic. “Él tomaba una o dos tomas de esos momentos. Por ejemplo, de Obrero en huelga asesinado hay dos tomas, nada más. Hay personas que le entienden a la vida como es —recuerda con una irónica sonrisa Iturbide—, en ese sentido Álvarez Bravo me hizo muchísimo daño.” Ese mismo “daño”, ha persistido en la siguiente generación. El arquitecto mexicano Mauricio Rocha, hijo de Graciela, asegura que esta “capacidad de contemplación, de promover un espacio no negociable para la reflexión y el pensamiento” es uno de los máximos aprendizajes que le ha dejado su madre.

La señora de las iguanas en el mercado de Juchitán, Oaxaca (1979).

Apenas un año después del comienzo de su nueva vida, la muerte se inscribió muy dentro de ella con el fallecimiento de su hija. Aquella osamenta en el panteón de Dolores —para una mujer que funge como trasvase de la realidad que está fuera del lenguaje concreto, al acecho de esos momentos tímidos, pálidos en los que la naturaleza sale de su escondite—, significó una señal: el momento en el que la muerte la permitía seguir adelante.

No obstante, aquélla no sería la última vez que el Mictlán le enviara un mensaje a Iturbide. “Mira esta foto, me encanta, la tomé en Oaxaca y, no sé, me fascinó la idea de una piedra atada de la que, sin embargo, hay algo renaciendo. El día que la tomé recibí una llamada: ‘Graciela, murió tu madre’, ‘¿Cómo, a qué hora?’. No me lo vas a creer, pero fue a la misma hora que tomé esa foto. Me acuerdo porque fue la última foto que tomé ese día, no creas que me estoy haciendo la psíquica.” La muerte es una piedra atada de la que renace una hierba salvaje, parece decir la fotógrafa que se declara atea pero supersticiosa, “No creo en nada, pero tengo todos los santos habidos y por haber”.

Mística, devota de los propósitos del azar, Iturbide confía antes que nada en su intuición. Y cómo no: basta analizar la historia de las que quizá sean sus dos imágenes más icónicas para entenderlo. La señora de las iguanas, tomada en Juchitán, es producto de la supremacía del instante. Al entrar en el mercado de esta comunidad tan fascinante, una en la que, a diferencia del resto de un país insufriblemente macho, los trasvestis (muxes) tienen un lugar protagónico en el entramado social y las mujeres sostienen la economía, Iturbide se topa con una mujer que vende iguanas y, como muchas marchantas, posa la mercancía sobre su cabeza.

“Le dije ‘Espérate, déjame tomarte una foto’.” El ícono resultante, mismo que ha soltado amarras de la potestad de su creadora y ha tomado vuelo por sí mismo, convirtiéndose en una especie de arquetipo juchiteco, es el resultado de una serie de imágenes en las que sólo esa imagen —que se transformó lo mismo en grafitis en Juchitán, Los Ángeles o San Francisco, que ha dado pie a apropiaciones pop como una Marylin Monroe con iguanas en la cabeza, que se ha transformado en coronas para quinceañeras o motivos de huipiles juchitecos— tiene ese talante regio y supranatural. El resto de las imágenes del negativo muestran a una señora juchiteca en desbalance, en oronda inquietud, en pudoroso desparpajo. Pero uno de esos clics, quiso esa forma mística del azar que rodea la creación, parió a La señora de las iguanas.

La que quizá sea la segunda imagen más conocida de Graciela, La mujer ángel, fue tomada en el corazón de la isla Tiburón durante su primera incursión con los indios seri. Una mujer flota, apenas rozando el suelo, hacia un desierto que se ofrece a la vez próximo e interminable, con el pelo atorado en una roca. El flujo inmóvil de la foto se cuela en franco alarde de tiempo escanciado. Con una grabadora en la mano, camino hacia una llanura yerma, la mujer avanza para liberar sobre la atmósfera quién sabe qué música sobre el viento. Durante la edición del libro sobre dicho proyecto, Pablo Ortiz Monasterio le preguntó a Graciela sobre esa imagen. “‘Ay, no, no es mía, no me acuerdo’, le respondí de inmediato. Hasta que vi mi hoja de contactos y me di cuenta de que en efecto habíamos estado en esa montaña, que bajamos, que miré su pelo atorado en una piedra y tomé toda una serie sobre ella.” Como si en la conexión entre Graciela y sus imágenes se entrelazaran circunstancias superiores a la voluntad.

Otro ejemplo del carácter espectral y premonitorio de la sensibilidad de Iturbide ocurre durante un proyecto que realiza en Tampa, Florida, con el poeta Roberto Tejada. Una parvada de dispares y oscuras geometrías se alza en un frenesí histérico y Graciela le dice al poeta: “Aquí va a pasar algo, los pájaros no vuelan así”, generando el evidente reparo que esa frase produciría ante cualquier interlocutor. Al día siguiente un tornado arrasó con decenas de casas de la población.

Los sueños proféticos y las visiones han acompañado a la artista mexicana desde su comienzo. Son célebres las imágenes que llegaron a su mente precedidas de un sueño. La más famosa quizá sea aquella vez que vio a un hombre rodeado de pájaros mientras se repetía en su mente la frase “En mi tierra sembraré pájaros”. Pocas veces se han mostrado las aves tan dispuestas a revelar el misterio que las constituye como ante los ojos de Graciela, que sabe mirarlas. El ejercicio de la libertad como una postura irrenunciable —vuelto potestad en el vuelo de las aves— es probablemente el gran hilo conductor de la vida de Graciela.

Son muchos los temas recurrentes en la obra de Iturbide: las fiestas, los rituales, la animalidad, la muerte, los niños, las niñas, por supuesto, comunidades remotas, personajes extraordinarios como los eunucos en la India, los muxes en Juchitán, niños que participan de rituales como el de la matanza de cabras en la Mixteca, los indios seri en Sonora o los cuna en Panamá, retratos de artistas como José Luis Cuevas, Francisco Toledo o su maestro Manuel Álvarez Bravo, escritores como Gabriel García Márquez o líderes políticos como el general Torrijos.

Aun en los retratos —las imágenes más frontales— sus fotografías parecen descubrir una realidad alterna. “Como puedes ver, me gustan los velos”, me dice Graciela al repasar el proyecto Naturata, realizado cuando el jardín etnobotánico de la capital oaxaqueña —que de no haber sido por la intervención de Francisco Toledo hoy sería un hotel boutique, como pretendía el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari— se encontraba aún en su fase de incubación. Las fotografías muestran plantas desérticas, endémicas de aquel estado, recuperadas en ese recinto de vida y tradición, protegidas a través de velos porosos que yerguen invernaderos como si fueran úteros al aire libre, para que las especies puedan adaptarse a su nuevo hogar. Las plantas, atadas, custodiadas, vigiladas con el máximo esmero, reciben un “tratamiento” que, por alguna razón, a Iturbide le recuerda la serie de fotografías que realizó en el baño de Frida: “Supongo que ambas me remiten a las huellas del dolor”. Su obra es una especie de velo védico a través del cual se trasluce una realidad que habita un intersticio entre el sueño y la memoria. Una especie de máscara ritual, como las de aquella célebre imagen de una procesión en Chalma tomada en 1984, en la que los andantes exhiben sin remedio nuestras máscaras y las calaveras que las sostienen.

En los pocos pero sustantivos autorretratos que hilan su obra, podemos ver este carácter a la vez revelador y velado de la mirada de Iturbide. A través de estas imágenes, la fotógrafa mexicana nos muestra el lugar que guarda ante el mundo: el de una espectadora incesante, una partera de símbolos, cauce de la sustancia que cohesiona el tiempo: mitógrafa.


“Mi papá siempre nos tomaba instantáneas y a mí me encantaba hurgar a escondidas en el cajón y robármelas. Además, a mi casa llegaba la revista Life. Tenían unos reportajes muy buenos. Yo era una niña y no sabía ni quién era Cartier-Bresson. Luego mi papá me regaló una Brownie, cuando tenía como 11 años y ahí empecé a tomar fotos.” Graciela empieza muy temprano una relación de apropiación de la imagen: su ojo se inserta en una realidad atávica, onírica, que revienta las ataduras que el mundo ha depositado en el consumo de la imagen.

Uno de los elementos más poderosos de una obra que le ha dado la vuelta al mundo es el carácter plano y desnudo con el que la fotógrafa nos revela que el mundo que mira a través del lente —aunque contiene elementos que nos conciernen a todos— no es otro que el de ella misma: “Es tu realidad la que ves a través del lente. Porque la realidad es muy subjetiva, no es objetiva como mucha gente cree. De alguna manera, aunque estés viendo por primera vez una imagen, tienes todas estas influencias, lo que has leído, las pinturas que has visto, lo que has vivido, cuando tienes la cámara que te está protegiendo porque sólo te deja ver por un pedacito y tú estás componiendo en ese pedacito, estás haciendo tu imagen.” Le hablo acerca de la idea de Proust de que un libro en última instancia es un instrumento óptico que le permite a los lectores hacer la lectura de sí mismos y se le ilumina el rostro. Eso es su trabajo: lo mismo como una representación de un universo interior punzante en mitos y reflejos espectrales que exhiben los cimientos (y las ruinas) que sostienen la realidad, pero también un espacio abierto en el que el espectador puede sumergirse y nadar a sus anchas en sus propios efluvios oníricos.

Para Iturbide, el lente ha sido, en primer lugar, un instrumento de viaje. “Primero me permitió conocer mi país y luego lo que pude del mundo.” ¿Qué propiedades tiene el lente que funge como una especie de acceso a una dimensión diferente de la mirada común? “No lo sé, pero sí te puedo decir que, en cierta medida, me protege. Por ejemplo, cuando fui a sacar fotos de la matanza de cabras en la Mixteca, la cámara me salvó. Si yo hubiera ido sin cámara, no hubiera podido tomar esas fotos”.

“Cuando ves una imagen por este cuadrito, algo sucede. Antes del ritual de la Mixteca, por ejemplo, volví a leer El cantar de los cantares y algunas otras cosas de la Biblia. A través de una pequeña ventana, la imagen se compone de lo que miras y de lo que habita en tu mente. Esta síntesis me produce mucha felicidad. Si fuera sin cámara, diría ‘Pero qué horror, por qué matan a estas cabritas’.”

Algunas pocas ocasiones, lo suficientemente poderosas como para inscribirse en su memoria, Iturbide se ha visto rebasada por la realidad. “Algunas veces no me he atrevido a levantar la cámara. Mira, por ejemplo, una vez estaba en Tlaxcala y ya había terminado lo que estaba haciendo. Entonces vi una bicicleta repleta de unos pollos que salían para arriba y pasó un matrimonio de gente mayor con la mamá atrás como recogiéndole el vestido a la novia, había mucho polvo. Era como una escena de Pasolini. Era tan maravillosa que no pude tomar la foto. A veces la emoción es tan fuerte que no puedes actuar.”

No es fácil aprehender la esencia del trabajo de Iturbide. Ella misma juega con construcciones parabólicas cuando le pedimos la incómoda tarea de que nos explique el origen de ese cosmos interior tan particular que la constituye. Según su hijo Mauricio, es precisamente el afán de búsqueda, la capacidad para reinventarse aquello que define buena parte de su trayectoria: “Esta sensibilidad y esta capacidad de siempre meterse en el fondo de las cosas, hacer una lectura profunda. Me parece que esto fue lo que le ayudó a sobreponerse a los obstáculos. Y al día de hoy sigue con esa misma energía. Buscando y encontrando. No tiene un fondo final, siempre hay en su mirada nuevas sorpresas que renuevan su energía”.

Mucho más fácil, en cambio, la tiene Iturbide para desembarazarse del orgullo y la vanidad humanas, dos rasgos esenciales de la especie que parecieran haberle pasado de largo. No duda en desmarcarse de éste o aquel gran escritor o artista porque era muy arrogante, o de algún legendario líder político por la hipocresía que mediaba entre su discurso público y su yo privado. En los casos en los que entabló relaciones cercanas con personajes poderosos, como con el general panameño Omar Torrijos, lo hizo porque “Era un hombre maravilloso. Yo lo veía platicar con los indígenas de las poblaciones más remotas y sentarse verdaderamente a escuchar”.

Cuando le pido a Fabienne Bradu, co-autora junto con Iturbide del libro Ojos para volar, que nos diga si hay alguna serie particular de la fotógrafa que le venga a la mente al invocar su obra, la escritora responde: “Pienso inevitablemente en sus autorretratos que la muestran con sus demonios como si fueran ejercicios de exorcismo. También es recurrente en sus autorretratos la pura sombra que habla de su humildad y su discreción. Es como si nos dijera: ‘Estoy aquí al servicio de mi arte y, a fin de cuentas, no importa a quién pertenece el dedo que aprieta el obturador’. Pero nosotros sí sabemos que el ojo y el dedo de Graciela Iturbide trabajan de concierto para ofrecernos la singularidad única de su arte”.

En cambio, ante posturas condescendientes o impostadas, Iturbide siempre muestra unos reflejos impecables, como aquella ocasión en el que el periódico Libèration le pidió que les enviara una imagen de la felicidad y la fotógrafa mexicana no titubeó en enviarles la estampa que muestra a una niña mixteca con cara de fascinación ante el cadáver de una cabra, “¿Qué se creen estos franceses condescendientes y pretenciosos?”, me dice entre risas, “¿Querían la felicidad? ¡Pues ahí les va!”.

Se hace de noche y la oscuridad se cuela por las ventanas y los cubos de luz del espléndido estudio que su hijo Manuel Rocha le construyó a Iturbide apenas a unos pasos de su casa. Después de una sesión maratónica en la que recorrimos todas las publicaciones que recogen los proyectos más trascendentes de la fotógrafa mexicana, me muestra una impresión grande de uno de sus autorretratos más célebres, aquél en el que hay unas serpientes saliendo de su boca. “Te voy a dejar sin dormir”, me dice divertida.

Graciela se mueve por los tres pisos de su estudio como si no estuviera en la víspera de una cirugía reconstructiva del ligamento del tobillo. Recuerda cada uno de los personajes que aparecieron en los cientos de fotografías que estudiamos: una mujer discapacitada lavándose desnuda en Oaxaca o un imitador de Rigo Tovar entre los seris, un maestro de geometría en la India o una mujer mostrando los senos en Avándaro, pero no recuerda dónde dejó las llaves del estudio de tres pisos que resguarda buena parte de su archivo fotográfico. Sube y baja los tres pisos enteros, al menos cuatro ocasiones, recorriendo cada rincón, reconstruyendo sus pasos, imaginando hipótesis (las hubiéramos escuchado de haberse caído, Diego). Le marca a su hijo Mauricio. “Aquí están, Graciela”, le digo mientras señalo el tapete de la entrada. “Con razón, mira, se camuflajea.” El llavero de la única llave del estudio es un hilo de estambre de colores de matices semejantes al tapete oaxaqueño de la entrada. “Ves, por eso no la escuchamos.”

Esta es la última sesión de entrevistas e intento prolongar la estancia lo más posible. En su casa, su perro Horr (por Horrible) le sigue los pasos en custodia estrecha. Graciela sigue subiendo y bajando escaleras buscando libros que me quiere regalar. Baja con una pila de cuatro pero finalmente no me puedo llevar tres de ellos porque tenían inscripciones de dedicatorias a diferentes personas con las que olvidó el trámite último de entrega que constituye la esencia de todo regalo.

“¿Hay algún lugar del mundo que sientas que te falta conocer?”, le pregunto. Me devuelve una mirada como diciendo, qué preguntas son esas: sí y no. Al hablar de sus planes en el futuro cercano, se dice a sí misma “El año que entra tengo que descansar más”. Por lo pronto, tiene un viaje a la comunidad de los indios seris, a quienes fotografió hace más de 30 años. Le gustaría volver a Juchitán —a donde ya fue el año pasado— pero “se ha vuelto difícil, por el narco”. Fue a San Gabriel, Jalisco (la zona de Rulfo) a fotografiar a campesinos que cultivan la milpa a través de métodos prehispánicos. Irá a Los Ángeles a visitar a los White Fence, la comunidad de cholos que Graciela decidió fotografiar en 1986 como parte del proyecto Un día en América. Participó en tres exposiciones en la Ciudad de México, Bogotá y Perú, y tiene en puerta al menos un par de publicaciones más.

Me habla de su amor por la fotógrafa norteamericana Francesca Woodman, me ofrece y se sirve un tequila y hablamos un poco de lo que significa ser artista, noción, sentido y significado que parece incomodarla. “Nunca sé muy bien qué decir sobre mi trabajo porque yo misma no sé de dónde proviene o qué significa”, me dice. Su trabajo, por cierto, no parece tener un receptáculo diferenciado del ejercicio de su vida cotidiana. “Tiene una cotidianeidad muy incisiva, reflexiva, que no cede. Ese amor y cariño por encontrar objetos cuando viaja, conocer las culturas a través de su lente. Siempre tiene una experiencia estética en su vida cotidiana. Cómo acomoda los objetos, en su estudio, qué recolecta, cómo los agrupa, por ejemplo, es una muestra de ello. Lo que ella hace en última instancia es la construcción de un espacio interior, ése es el momento en el que su ejercicio se vuelve poesía y esta actitud no descansa”, me dice Mauricio Rocha al respecto.

Hurgando en este carácter inasible de su personalidad y de su obra, le pregunto a Oswaldo Ruiz, que además de ser uno de los jóvenes fotógrafos mexicanos más talentosos de la actualidad ha estado un par de años trabajando muy cerca con Iturbide, qué es lo que define el trabajo de Graciela, insisto en la duda, “La intuición”, me responde sin titubear. “Verla trabajar es impresionante, más allá de las historias que la gente le cuenta, lo que ella hace es trazar una construcción del alma de la persona frente a sí.” Su irredenta libertad (“no permite que nadie, nunca, le diga qué debe hacer”, me dice Ruiz) le permite moverse por el espacio dueña de una singularidad cabal. “Siempre está pensando en fotografía, y cuando no lo hace, cuida sus plantas o lee”, prosigue el joven fotógrafo. “Su trabajo es en definitiva un estado de desdoblamiento de sí misma. Es increíbe su capacidad para leer a las personas. A diferencia de lo que hacen otros fotógrafos, ella jamás roba una imagen, siempre consigue el consentimiento, a veces explícito, a veces tácito, del entorno y de las personas.” Esta mirada incisiva, penetrante y sin descanso es, sin duda, una de las marcas más indelebles que provoca el encuentro con Iturbide.

En la época del star system, en donde los artistas parecen ser más vistos y reconocidos que sus obras, Iturbide sigue amasando una obra que se teje en la sombra voluntaria de reflectores. Aunque anhela descanso, no se ve esta como una posibilidad demasiado plausible. El ojo de la mente en ella no parece encontrar reposo. La naturaleza, que usualmente ama esconderse, muestra uno de sus flancos más enigmáticos a través de su lente. Es difícil encontrar las lindes de dónde termina la vida de Iturbide y dónde comienza la gestación de su obra. La maquinaria interna interviene en su andar despistado y su apreciación quirúrgica de la realidad. La calidez de su vida rezuma en cada una de sus fotografías. En los ojos de sus interlocutores se puede advertir la misma chispa que destella ante los espectadores de su obra: aquella que emana ante la contemplación de la fricción del espíritu humano en pleno ejercicio. © Gatopardo (México)

Luis Felipe Noé: El caos como programa

A propósito de la muestra inaugurada esta semana en el Museo Nacional de Bellas Artes, que abarca seis décadas de carrera, su estética es analizada por uno de sus colegas más cercanos

por Eduardo Stupía

La estática velocidad, 2009. Foto: Celina Chatruc

En el contexto de la excepcional muestra que se inauguró esta semana en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), Luis Felipe Noé se dispone a lanzar un nuevo libro, editado por el mismo museo, dedicado a lo que podría considerarse uno de los temas recurrentes -para algunos, el más determinante- entre los muchos de los cuales el pintor se ha ocupado extensamente en ensayos, textos, opiniones y declaraciones a lo largo de más de cincuenta años de prodigiosa carrera. Ese leitmotiv es, desde luego, el caos.

Desde el título mismo del libro, El caos que constituimos, Noé induce a la reflexión. La frase resume la hipótesis conceptual que desarrolla en dos grandes capítulos, "La asunción del caos" y "El caos como estructura". Noé parece decir que no hay otro modo de abordar el pensamiento sobre el caos que aquel donde el sujeto autor y el objeto de análisis se conciban como actuados por el mismo fenómeno, como si se engendraran mutuamente. Y también que, en la pluralidad de esa primera persona, va a examinarse la vigencia de un conflicto de la conciencia universal, y no sólo de la experiencia subjetiva de un artista.

Tan temprano como en Antiestética, su fundacional libro-manifiesto de 1965 -reeditado en 2015 - un Noé estimulado e influido por las turbulencias de una década de incipientes combates contraculturales, marcada por el vigor de las insurgencias revolucionarias, ya decía: "La crisis se convirtió en caos y el caos dejó a un hombre caotizado pero, en definitiva, el único punto real de referencia". [.] "Las dos exigencias de la hora son organicidad y objetivación. No basta el testimonio del caos sin asumirlo. Asumir el caos es tomar conciencia del desorden en que vivimos como un todo orgánico alrededor nuestro. Objetivarlo quiere decir ponerlo ante nuestros ojos como algo global y orgánico".

viernes, 14 de julio de 2017

Irving Penn: Fotografía de la exactitud

Las fotos de Irving Penn tienen una fuerza material cercana a la de la pintura, de una perfección inflexible pero limpia de frialdad o de amaneramiento

Por Antonio Muñoz Molina


La posteridad ha empezado muy pronto para Irving Penn. Murió en 2009, a los 92 años, y este verano el Metropolitan de Nueva York le dedica una gran exposición con motivo de su primer centenario. Irving Penn ha sido nuestro contemporáneo, pero nos da la impresión de que vivió en otra época, quizás porque sus fotografías más conocidas irradian un sentido de la belleza, de la dignidad, de la concisión expresiva que no parece muy propio de este tiempo nuestro. Nosotros vivimos en un atolondramiento de imágenes digitales que se multiplican lo mismo en las pantallas mínimas de los teléfonos móviles que en las de los paneles publicitarios de las calles, de las estaciones, de los andenes del metro. Irving Penn tomaba sus fotos con una Rolleiflex de gran sofisticación mecánica, no apta para la rapidez ni la improvisación, y luego las revelaba él mismo según un procedimiento ya en época anticuado que se basaba en el uso no del nitrato de plata, sino de platino. Era un método que le permitía gradaciones más sutiles de tonos y pormenores más exactos, pero que exigía mucha destreza y mucha paciencia.

A la agudeza visual y al sentido inmediato de la composición de un fotógrafo, Irving Penn añadía la concentración y la perseverancia de un grabador. Trabajaba con la iluminación diurna y también con la oscuridad: en la presencia del modelo y en la soledad del cuarto de revelado. El resultado, en sus fotos, miradas de cerca, en las copias que él mismo hacía, es de una fuerza material cercana a la de la pintura, de una perfección inflexible y sin embargo limpia de frialdad o de amaneramiento. La lentitud y la máxima concentración del proceso se corresponden con una economía extrema, un concienzudo despojar tanto la imagen como el modelo de todo aquello que no tenga una justificación expresiva. En París, a finales de los años cuarenta, Irving Penn no tomaba sus fotos de moda para Vogue en escenarios palaciegos o exóticos. Alquiló un estudio en un viejo edificio sin ascensor, con un gran ventanal orientado al norte, y colgó en él un telón gris de teatro.

lunes, 10 de julio de 2017

Exponen dibujos de Spilimbergo: el mundo en la punta de su lápiz

Una muestra en el Centro Borges rescata el trabajo del artista como dibujante. Tres pisos abajo está su mural de la Galería Pacífico

por Julia Villaro



Un torbellino creativo vuelto línea, una línea vuelta derrotero, camino, trayectoria, de uno de los artistas argentinos más importantes del siglo XX. Lino Enea Spilimbergo (1896-1964) fue pintor, grabador, ilustrador y muralista. Y antes que nada, dibujante. Por eso la muestra que el Centro Cultural Borges le dedica en estos días se concentra en su obra sobre papel. Dibujos que desbordan las categorías estancas de los lenguajes plásticos. Dibujos sobre papel, en los que la línea se vuelve trazo y el trazo mancha, pero mantiene siempre una identidad común que los integra y los fusiona: la de un artista de oficio, que comprendió el mundo a través del línea.

Por eso la muestra del Borges, además de ser una muy buena oportunidad para revisitar la obra de este artista (nunca lo suficientemente revisitado) desde sus principios en la Academia hasta sus últimos años en Europa, es una lección de técnica: sepias, temples, pasteles. En todos persisten esos ojos, esas miradas prístinas, tan características de sus figuras, atravesando el corazón de quien se enfrenta a sus imágenes.

“Si ves una foto de mi abuela vas a ver los ojos que tenía”, dice Leonardo Enea Spilimbergo, nieto de Lino y responsable de la muestra. La mayoría de las sesenta obras que la integran provienen de la colección que pasó del artista a su único hijo (Antonio Spilimbergo, el padre de Leonardo) y de él a sus nietos. A ellos también pertenecen los documentos que acompañan la muestra: las cartas de sus alumnos y de su amigo Oliverio Girondo; el poema que le dedicó Rafael Alberti (quien además de poeta fue, en sus años de estudiante de dibujo, alumno del artista argentino); la edición numerada del libro objeto Interlunio (en el que Spilimbergo realizó las imágenes y Oliverio los textos), que Leonardo confiesa haber desarmado para poder mostrar desplegado en la sala.
Spilimbergo: el mundo en la punta de su lápiz

Organizada de forma cronológica, Spilimbergo dibujante se estructura en períodos que marcan hitos en la trayectoria del artista. A sus años de formación en la Academia Nacional de Bellas Artes le corresponden torsos que demuestran la observación exhaustiva, los ojos ávidos del estudiante que mira hombres y mujeres para estudiar sus posturas, actitudes, gestos, cadenas musculares. De este período son también algunas monocopias (una forma de grabado), y Figuras, un aguafuerte de principios de los años 20, momento en que el artista recibe, por sus grabados en metal, el Primer Premio al Grabado, que le permite costear su viaje a Europa, para formarse en el modernismo plástico de la escuela Grande Chaumiere y los talleres de André Lothe y ser protagonista a su regreso, de la renovación de la pintura figurativa en Argentina.

La experiencia parisina lo provee de sombras coloreadas y cuerpos monumentales (como el pastel Desnudo Femenino de 1927) bastante más geométricos que los trazados en sus años de estudiante en Buenos Aires. Con su regreso al país vendrán los años consagratorios: exposiciones y premios (incluido el Gran Premio del Salón Nacional en el '37) y una intensa actividad docente que lo convierte en formador de varias generaciones de artistas.

De esos tiempos son las monocopias de la serie Los políticos, en las que Spilimbergo muestra una figuración distinta, irónica: líneas sueltas, desenfadadas, donde el gesto (la mueca del político, más propenso al banquete que al debate, pero también la arenga de los manifestantes y las líneas hieráticas en los cuerpos de los guardias, que mantienen a los políticos a una segura distancia del amor de sus súbditos) se vuelve lo más importante. La monocopia es un lenguaje recurrente en los papeles de Spilimbergo: técnica indómita, a mitad de camino entre la premeditación del grabado y la inmediatez espontánea del dibujo.

Los años '40 son para los bocetos del mural que el artista realizó en la cúpula de lo que hoy son las galerías Pacífico (en el mismo edificio de la muestra, tres pisos más abajo). Si sus dibujos son más que dibujos, sus bocetos, de figuras acabadas en su volumen y postura, son mucho más que bocetos.

“Pintor de la vida triste y la erótica muerte”, como lo definía en su poema Rafael Alberti, tanto su autorretrato del año '59 como el pequeño paisaje en pastel de 1962, son algunas de las últimas obras de su vida que pueden verse en la muestra. En ambas el color lleva la imagen al límite de la pintura. Pero la vibración, siempre sensual y siempre melancólica, de esas figuras –sean pelo, ojo, árbol, cielo- no olvida nunca que antes fueron línea.

Los cuerpos robustos, apenas ataviados, los rostros en penumbras. Dos mujeres es la única monocopia perteneciente a la Breve historia de Emma que puede verse en la sala. No se trata en verdad de una de las 36 imágenes que conforman la serie que el artista, con técnica exquisita, dedicó en 1935 a la vida de una prostituta, sino a una de las muchas monocopias que Spilimbergo, en esa búsqueda incesante llevó a cabo, pero que finalmente quedó descartada.

Paradojas del arte, siendo hoy una de las obras más reconocidas del artista, Spilimbergo nunca pudo exponerla en vida. Una vez lo intentó en Tucumán, pero la curia lo censuró, horrorizada por la temática de la obra. Cuenta la leyenda, sin embargo, que antes de cerrar la sala, pudieron verse, en los vidrios de las ventanas, las marcas de rouge de las mujeres: besos rojos contra el cristal frío, también contra la frialdad de esas miles de vidas grises y anónimas, a las que el artista daba rostro y nombre. Besos rojos en apoyo, y sobe todo en gratitud, por simplemente no mirar hacia otro lado. © Clarín

domingo, 9 de julio de 2017

Antonio Berni, el artista como personaje

El maestro rosarino firmaba como «Antón Perulero» cartas, dibujos y collages que dedicaba a «Graciela Amor», su última y misteriosa musa. Desde fin de mes se exhibirán en la galería Jacques Martínez, con cita previa

por Fernando García


Ramona y el viejo, xilo-collage de Berni de 1962, Foto: Malba

Conocí a "Graciela Amor" en febrero de 2003, cuando buscaba testimonios accesorios para completar un perfil de Lily Berni como heredera de la obra de su padre, Antonio Berni, para la revista colombiana Gatopardo. Debo haber pasado casi tres horas en su departamento de estilo. Apenas crucé la puerta para volver a la calle, supe que había empezado, con ella, con su enfática y cálida voz grabada, el libro que terminaría siendo Los Ojos, la primera y única biografía sobre Berni.

Me corrijo. Quizás no salí a la calle sino que entré en la materia espesa de la escritura al conocer un pequeño tesoro de la ficción tejida entre "Antón Perulero" y "Graciela Amor". Se trataba de un cuadernillo formado por collages, dibujos y textos que un Berni enamorado de 76 años se había empeñado en producir (como si produjera poco) para conquistar a esta mujer, entonces de treinta, a la que había conocido en el litigio para salvar de la demolición los murales de las Galerías Pacífico.

"Antón Perulero", el nombre tomado de aquella vieja ronda infantil, era Berni finalmente convertido en personaje, el capítulo final e íntimo, secreto, de su usina narrativa, la misma que le había dado a la historia del arte argentino Juanitos y Ramonas. "Graciela Amor", lo atestigua este correo íntimo, es la modelo de su cuadro inconcluso, aquel que muestra a una mujer desnuda a orillas de un mar nocturno bajo un cielo oscuro surcado por un avión.

Ya lo conocen. Lo han visto en la retrospectiva de Jorge Glusberg en el Museo Nacional de Bellas Artes (1997); en el MNBA de Neuquén (2006) y en el stand de la galería Sur en arteBA, en 2016. Lo que (casi) nadie ha visto es la trama secreta por detrás de esta obra crepuscular. Este conjunto de dibujos, collages, cartas; este objeto del deseo donde Berni transita entre la declaración erótica y la resignación ante la improbable concreción sexual.

Pasaron 36 años para que "Graciela Amor" se decidiera a hacer público este tesoro (algunas cartas se pudieron leer en Ramona y también en Los Ojos, donde se publicó por primera vez uno de los collages) en una muestra que, más que una muestra, será una teatralización del acto voyeur.

Graciela Amor y Antón Perulero se exhibirá del 31 de julio al 1 de setiembre en la galería Jacques Martínez. No será el desfile de gente y selfies al que nos acostumbró Berni, sino que las visitas serán individuales, estará prohibido sacar fotos y cada persona tendrá veinte minutos para espiar, con inscripción previa en la página web de la galería. Un sutil show de la privacidad.

Luis Felipe Noé: una mirada hacia 60 años con la pintura

En el Bellas Artes, el artista inaugura una gran retrospectiva; a pedido de LA NACION, eligió una obra por década

Por María Paula Zacharías

Foto: Daniel Jayo

A Luis Felipe "Yuyo" Noé se lo ve feliz. Recorre apurado y sonriente el montaje de Noé. Mirada prospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, la muestra que inaugura este martes y recorre sus 60 años con la pintura. Aclara que fueron más, y que seguirá sumando millas. "Uno no envejece al cuete... bueno, algunos sí, otro no. Yo estoy muy contento de estar en una etapa muy productiva a mis 84 años. Estoy activo y creo que en una muy buena época. No me voy a comparar con ellos, pero hay ejemplos de artistas que lo mejor que hicieron fue de viejos: Tiziano, Monet, Matisse, Hokusai. Para la valoración definitiva de los artistas, creo que tienen especialmente suerte los que mueren muy jóvenes o los que mueren muy viejos."

Tiene planeado publicar dos libros de dibujos y acaba de entregar a imprenta otro más, El caos que constituimos, que publicará el museo. "Lo terminé hace dos horas. El caos somos todos nosotros, nos involucra. Va a estar dedicado al caos, que me ha acompañado toda mi vida, o algo así", dice entre risas. Ocupa todo el centro de la sala su obra más reciente y arriesgada, Entreveros (2017). Se trata de una gran instalación de pintura sobre estructuras angulares, con zonas con retratos en relieve y composiciones de espejos rotos, desplegada sobre una superficie espejada y psicodélica. Todas las instalaciones que ha hecho son una búsqueda de representar el caos.

"En 1965, en su libro Antiestética, Noé expresó la necesidad de asumir el caos, no en oposición al orden, sino como una nueva dinámica de funcionamiento de un mundo en permanente cambio. Esta exposición analiza los aspectos centrales de la obra de Noé, a través de los cuales desarrolló su «estética del caos», donde el pasado hace eco en el presente y se proyecta al futuro", explica la curadora, Cecilia Ivanchevich.

La muestra no sigue un orden cronológico sino que plantea tres claves de lectura que pueden rastrearse en la "estética del caos". La conciencia histórica aparece cuando el artista es testigo de su época para apropiársela y evocarla a través de la cita, la denuncia y la ironía. "En la visión fragmentada, Noé, consciente de sus coordenadas geográficas y temporales, replica en las formas la fragmentación que observa en la sociedad", dice la curadora. Por último, la línea vital va desde 1957 hasta la actualidad, y representa la línea a mano alzada que recorre el papel y la tela.

Seis décadas en seis pinturas por Noé

Los 60: Introducción a la esperanza, 1963, 201x214 cm, óleo y esmalte sobre nueve bastidores entelados. "Esta obra forma parte de una segunda etapa mía y pertenece a la colección del museo. Ya en 1962 se produce una ruptura de tensiones, y quiero hacer más bien contrastes y oposiciones. El cuadro éste en realidad es una manifestación. Alguna gente me dice que se parece a Munch... pero yo creo que Munch debe haber visto una sola gran manifestación en toda su vida. Yo, toda mi infancia he visto manifestaciones peronistas. Me gustó poner los carteles afuera y el gris adentro, y con referencias que a alguno le parecerán insólitas, como aquel cartel que dice «Cristo habla en el Luna Park». Lo más realista que tiene el cuadro es ese cartel. Yo también fui periodista y trabajaba en La Prensa, y en esa época ese cartel estaba en todos lados. No me quería perder la nota, y fui hacerla. Era una conferencia organizada por los hermanos Basilio. A veces, lo más realista es lo más absurdo. Los carteles arriba prometen esperanza y abajo hay una multitud gris. Otro cartel dice «No nos dejan». Era la época en que a Perón no se lo podía mencionar.

lunes, 3 de julio de 2017

Raymond Depardon en el Centro Cultural Recoleta: Ver lo hermoso en medio del horror

Si la vida cotidiana habla de la Historia, el fotógrafo francés se ocupó de los detalles para mostrar el mundo 


por Daniela Pasik


Es considerado uno de los fotógrafos más destacados del siglo XX y prócer vivo del fotoperiodismo. También hace documentales, y en pantalla grande, transita una línea casi imperceptible que junta, pero a la vez diferencia, el cine de la fotografía, lo histórico de lo narrativo. Además es escritor y, sin duda, una figura absoluta de las artes visuales. Pero sobre todas las cosas, el francés Raymond Depardon es alguien que tiene la capacidad de ver lo hermoso en medio de lo horrible. Sin edulcorar, sólo con su ojo mágico y el click certero.

Es que la vida cotidiana sigue aunque todo se rompa en pedazos. Eso está a la vista.

Entre la granja familiar en la que creció en la década del 50 hasta la actualidad, y en los más diversos rincones del planeta, Depardon mira las cosas desde la curiosidad. No da nada por sentado y así resulta su trabajo. Colorido, pero sin perder de vista lo gris. Inocente, aunque sin negar por eso realidad. “Como un niño que ve las cosas por primera vez”, dijo en su breve paso por la Argentina, cuando vino a principios de junio a brindar una masterclass y a presentar Un momento tan dulce y Francia, las dos muestras suyas que se exhiben en el Centro Cultural Recoleta.

Aunque fue su quinta visita, esta es la primera vez que Depardon expone su trabajo en la Argentina. En sus recorridas por el planeta disparó su cámara en Buenos Aires y en Río Gallegos y esas imágenes se pueden ver en Un momento tan dulce, donde recopila lo que llama “fotos libres”, que sacó mayormente durante sus viajes de trabajo, pero fuera del tema que estuviera trabajando: la mayoría son inéditas. Y resultan casi como un paseo por su vida y obra sin ser, aclaró incontables veces, una retrospectiva. Para Francia trabajó con una cámara de gran formato, de 20 X 25, y construye en esas fotos un retrato de lo que pocos ven de su país.

domingo, 2 de julio de 2017

Diane Arbus. Enfrentar los propios fantasmas

Es una de las fotógrafas más relevantes del siglo XX y escandalizó a la alta sociedad neoyorquina con sus retratos de personajes excéntricos y marginales. En los próximos días llegan desde el Met al Malba las imágenes que marcaron el inicio de su carrera

Por Celina Chatruc


"No puedo hacerlo más. No voy a hacerlo más." Con esa determinación, una noche de 1956 en su estudio del Upper East Side de Manhattan, Diane Arbus habría decidido poner fin a una década de sociedad con su marido. Un impulso que, sin saberlo, definiría su destino como una de las fotógrafas más destacadas del siglo XX.

Eso asegura Arthur Lubow, autor de una biografía de Arbus publicada el año pasado, que añadió polémica con revelaciones de incesto -Arbus habría mantenido una relación íntima con el poeta Howard Nemerov, su hermano mayor, hasta el final de su vida- a la ya controvertida historia de una mujer que cambió para siempre la forma de ver el alma humana.

Dos décadas antes, Patricia Bosworth, autora de otra biografía de la artista, había afirmado que fue Allan Arbus quien tomó la decisión al presenciar cómo su esposa rompía en llanto durante una cena con amigos. En respuesta a una pregunta sobre su trabajo, ella se habría angustiado al describir cómo peinaba y ajustaba los vestidos de las modelos retratadas para revistas como Glamour y Vogue.

Ambas versiones coinciden en que algo no andaba bien con Diane. "Parecía que estaba por o acababa de tener un colapso nervioso", confirmaría años más tarde su gran maestra y amiga Lisette Model, quien la animó a enfrentar -y retratar- sus propios fantasmas.

En el principio, la muestra que inaugurará el Malba el 13 de este mes, presentará un centenar de imágenes de aquella etapa decisiva en su carrera. Siete años -desde 1956 hasta 1962- que reflejan una profunda transformación en su mirada. Las hojas secas, los diarios arrastrados por el viento y los globos que protagonizaban las imágenes con las que llegó al taller de Model, a los 33 años, pronto dieron paso a los freaks que horrorizaron a la clase alta neoyorquina.
 
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